lunes, 29 de diciembre de 2008

Cuándo los hijos se van a vivir solos ¿maduran?


Hoy se ha puesto de moda una forma de pensar que hace decir a muchos padres que ya sus hijos solteros son grandes y que no ven el momento en que se vayan a vivir fuera de la casa paterna. Aducen, para justificar esta forma de ver las cosas, que tienen que madurar, pues ellos a esa misma edad ya tenían una familia y que ven a sus hijos muy cómodos en su casa. Que, por tanto la solución es que se vayan a vivir solos, que se hagan cargo de sus vidas y que maduren.
El autor pone en duda que esta sea una visión correcta y que el fruto de su puesta en práctica sea la madurez.



La persona humana fue creada para vivir con otras personas. La frase de Dios, en el Génesis, es muy clara al respecto: “No es bueno que el hombre esté solo.”Esa vida con otras personas es, naturalmente, la convivencia familiar. La familia es la solución divina a la soledad original.Las personas han sido diseñadas para nacer en una familia, vivir en una familia y morir en una familia y su dignidad exige que así sea. No está de acuerdo con la dignidad del hombre, por ejemplo, nacer en una caja de Petri o en un tubo de ensayo; ni morir abandonado, solo y lejos de su familia. Dicho de otro modo, estamos hechos para nacer, vivir y morir en un ambiente de amor recíproco donde hemos de querer y ser queridos sin condiciones.Yendo al tema que nos ocupa: Los hijos de cierta edad ¿Cuando pueden abandonar la familia en la que han nacido y crecido?: Pueden abandonar su familia cuando estén maduros para constituir otra familia. Y estarán maduros cuando estén preparados para cumplir con lo que Juan Pablo II llama la ley del don de sí, que todo hombre lleva grabada en lo más profundo de su ser. Deben ser capaces de entregarse total, absoluta y definitivamente a otro tu (o Tu).
No maduran porque se los saque de la familia (¡que es el ámbito para que maduren!) y se los haga vivir solos, en un ambiente que muchas veces es hostil a su verdadera maduración. Estarán maduros cuando sean capaces del verdadero don de sí. Cuando sean capaces de donarse a otra persona de manera total, absoluta y definitiva. ¡Para siempre! Cuando hayan desarrollado esta capacidad, estarán maduros para formar otra familia.
Nuevamente Dios nos da la clave: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y vendrán a ser una sola carne.” Y, es entonces, cuando se irán, porque, ahora sí, estarán maduros. Un agricultor entiende muy bien que no se han de tirar las manzanas a la ruta para que maduren. Se les da un trato cuidadoso para que maduren correctamente y lleguen a ser ese maravilloso fruto, tan apetecible.
En el caso del celibato estamos frente a la donación a otro Tu (con mayúscula) que es Dios. Entran en “otro tipo” de familia, donde cumplen con la “ley del don de sí” de una manera distinta y excelente. Se entiende que tanto en el celibato como en el matrimonio, el don de sí es un objetivo nunca alcanzado plenamente. Pero basta que la idea del don de sí pueda ser comprendida en sus consecuencias y que la persona pueda tomar la decisión de una entrega de sí completa y de manera responsable, para que podamos considerarla madura. En realidad el don de sí debe perseguirse, con mayor o menor esfuerzo, durante toda la vida. También debe decirse que es origen de una plenitud y felicidad (dentro del matrimonio y del celibato) que no encontramos fuera de esa entrega.
Si facilitamos el alejamiento de la familia de aquellos hijos que aún no han alcanzado esta madurez, los estaremos privando del ambiente favorable a su maduración además de exponerlos a situaciones que pueden complicar -¡y mucho!- ese proceso. Viviendo solos no podrán ejercitarse en compartir, en tener en cuenta las necesidades o simples gustos de otro tú, ni en que sus actividades deben limitarse por respeto a otros. Tendrán menos oportunidades de que alguien les exija el orden que los otros tienen derecho a gozar. No podrán “vivir” diariamente el ejemplo de amor y entrega de sus padres y no estarán siempre presentes para ver la paternidad y la maternidad en acción. Asistirán a menos ejemplos de comprensión frente a defectos y molestias ajenas. Sabrán menos de diálogos en familia o a solas, llenos de cariño, con otro tú, donde se aprende humanidad. En pocas palabras perderán en sensibilidad y delicadeza y sabrán menos de “amores hermosos” y de “dones de sí”.
Seguramente les faltará respirar más la fe de sus padres, aunque ellos no practiquen. Tampoco los verán sufrir y gozar, diariamente, de la manera que lo hacen los padres que quieren con locura a sus hijos. Además, en las circunstancias del mundo de hoy, vivir solo puede llevar, con gran facilidad, a que terminen conviviendo con otra persona, sin haber adquirido disposiciones básicas y menos aún la de vivir el don de sí, pues aún no han adquirido esa capacidad . La cultura actual muestra la convivencia, y sus consiguientes relaciones extramatrimoniales, como positivas y como camino de maduración. En realidad es una manera errónea de solucionar el problema de la inmadurez. Una convivencia que no sea fruto de una entrega total, absoluta y definitiva, (o sea que no es conyugal) incapacita progresivamente, en mayor o menor medida, para la entrega total que la felicidad exige. Por ello, los padres, aunque no sepan dar razones para explicar lo que saben que conviene a sus hijos, deben acompañarlos siempre y evitar, de todas las formas posibles, que el hijo piense que debe irse de la casa de sus padres, antes de formar una nueva familia.
}Vivir solos, viajes prolongados en soledad, experiencias solitarias por el mundo (“Summer jobs”), veraneos solos, por tanto, no son convenientes sino totalmente desaconsejables.
Bibliografía:GénesisKarol Wojtyla, Amor y Responsabilidad
Juan Pablo II, La Teología del Cuerpo